“When I’m on stage, I’m trying to do one thing: bring people joy”
James Brown
Hay conciertos y conciertos. Desde los más pequeños, en clubs donde la audiencia se preocupa más de las copas y los panchitos –cacahuetes para los no residentes en Madrid- que del guitarrista de turno, hasta los grandes espectáculos que llenan estadios de fútbol o plazas de toros. Yo empecé yendo a todos los que podía, y todos me parecían en algún modo atractivos. Sin embargo, llegó un momento (posiblemente el mismo momento en el que me di cuenta de que en los bares había mucho humo y mucho ruido) en que empecé a verlos de otra manera.
Quizá me volví más exigente (o más raro, según se mire). Pero lo cierto es que, hoy en día, los conciertos que me parecen realmente buenos no son, ni mucho menos, la mayoría. Supongo que no es fácil reunir en un mismo evento calidad sonora, técnica instrumental decente y, sobre todo, capacidad de conexión con el público y habilidad para lograr que los temas en directo enganchen a quien los escucha, con independencia de su complejidad en la versión de estudio. Ahora bien, un gran grupo tiene necesariamente que ser grande en directo.
Mirando atrás, me vienen a la mente grandes citas a las que he tenido la suerte de asistir (no digo los años, pero algo ha llovido desde entonces):
- The Cure (Playa de Riazor, La Coruña): A un lado, el mar; a otro, el magnífico paseo marítimo de Riazor; en el centro, Robert Smith y los suyos haciendo mágica una noche de agosto. ¿Se puede pedir más?
- Ramones (Plaza de Toros, Oviedo): De los pocos conciertos que he visto que han empezado a la hora en punto. Aunque ya algo talludos, los neoyorquinos hicieron saltar a Oviedo con sus clásicos de rock’n’roll sin complejos. Algo tendrían. No es sencillo convertirse en una leyenda con tres acordes mal tocados.
- Morcheeba (La Riviera, Madrid): Finísima sección rítmica y un buen guitarrista (aunque no tanto como él piensa); todo eclipsado por una espectacular Skye.
- Paul McCartney (Estadio de La Peineta, Madrid): No soy objetivo, lo sé. Pero es de lo mejor que he visto y veré nunca.
- Phil Collins (Estadio José Alvalade, Lisboa): Pese al odio que le profesa el gafapastismo mundial, la potencia y calidad en directo de su banda están al alcance de muy pocos.
- Siniestro Total (Playa de Riazor, La Coruña): Es lo que tiene ser un mito. Puede uno mofarse de La Coruña delante de 50.000 coruñeses y recibir risas y aplausos a cambio.
Muchas veces pienso que cada vez me gustan menos los conciertos. Así, como suena. Menos mal que aún hoy sigue habiendo ocasiones felices que me hacen dudar –y mucho- sobre esta afirmación.
martes, 29 de mayo de 2007
martes, 22 de mayo de 2007

“...los mismos antiguos juglares y trovadores escolares que siguen en el mester, los entrañables y nocherniegos universitarios que, desde hace muchos siglos, sucediéndose a sí mismos, recorren rondando el mundo, cultivan los instrumentos populares y practican un género de música entroncada directamente con las albadas medievales o los cantos escolares pobres, testificando así este fenómeno cultural único...”
Emilio de la Cruz y Aguilar
Qué quieren que les diga; a mí las tunas me gustan. Bueno, al fin y al cabo éste es un país libre, ¿no? También hay gente que paga por ver un concierto de Kraftwerk y nadie se ríe de ellos por la calle.
Los predecesores de las actuales tunas son los sopistas, cuyo origen se remonta al medievo, y que se hicieron conocidos por “trovar y tañer instrumentos para haber mantenencia” (la frase les sonará un poco rara; es que es de Alfonso X El Sabio). Desde entonces, los tunos de las distintas facultades y escuelas universitarias recorren las calles de España y del mundo, aún vestidos con sus “grillos” y sus capas cubiertas con cintas (cada una de ellas es, ya se sabe, “un trocito de corazón”).
Sin embargo, la tradición de la tuna en España no es, ni mucho menos, aceptada unánimemente como entrañable. Es cierto que el tuno tiene por definición cierto carácter canalla (quizá es que la necesidad agudiza el ingenio); es cierto que la institución llega a convertirse en una especie de secta cuyos adeptos no parecen reparar en temas tales como el que un tuno de 40 años haciendo un pasacalles está más fuera de lugar que Pepiño Blanco en una conferencia de física cuántica; es cierto que algunos tunos se ganan a pulso la repetición de la sempiterna (a la par que poco original) frase de “tuno bueno, tuno muerto”. Pero en cualquier caso, los sentimentales como yo defendemos el carácter folklórico de la tuna, valiosa difusora de la música de pulso y púa y de un sinfín de temas tradicionales españoles y latinoamericanos, cuyo peligro de extinción aumenta día a día.
En la foto, algunos de los miembros de la Tuna Universitaria Ferrolana, con sus respectivos tunos.
P.D. El blog de hoy va dedicado especialmente al “Abuelo” y a “Parábolas”, dado su inminente cambio de estado civil.....
Emilio de la Cruz y Aguilar
Qué quieren que les diga; a mí las tunas me gustan. Bueno, al fin y al cabo éste es un país libre, ¿no? También hay gente que paga por ver un concierto de Kraftwerk y nadie se ríe de ellos por la calle.
Los predecesores de las actuales tunas son los sopistas, cuyo origen se remonta al medievo, y que se hicieron conocidos por “trovar y tañer instrumentos para haber mantenencia” (la frase les sonará un poco rara; es que es de Alfonso X El Sabio). Desde entonces, los tunos de las distintas facultades y escuelas universitarias recorren las calles de España y del mundo, aún vestidos con sus “grillos” y sus capas cubiertas con cintas (cada una de ellas es, ya se sabe, “un trocito de corazón”).
Sin embargo, la tradición de la tuna en España no es, ni mucho menos, aceptada unánimemente como entrañable. Es cierto que el tuno tiene por definición cierto carácter canalla (quizá es que la necesidad agudiza el ingenio); es cierto que la institución llega a convertirse en una especie de secta cuyos adeptos no parecen reparar en temas tales como el que un tuno de 40 años haciendo un pasacalles está más fuera de lugar que Pepiño Blanco en una conferencia de física cuántica; es cierto que algunos tunos se ganan a pulso la repetición de la sempiterna (a la par que poco original) frase de “tuno bueno, tuno muerto”. Pero en cualquier caso, los sentimentales como yo defendemos el carácter folklórico de la tuna, valiosa difusora de la música de pulso y púa y de un sinfín de temas tradicionales españoles y latinoamericanos, cuyo peligro de extinción aumenta día a día.
En la foto, algunos de los miembros de la Tuna Universitaria Ferrolana, con sus respectivos tunos.
P.D. El blog de hoy va dedicado especialmente al “Abuelo” y a “Parábolas”, dado su inminente cambio de estado civil.....
martes, 8 de mayo de 2007

“¿Será posible que los tiempos que nos ha tocado vivir no nos hayan enseñado a tener una actitud más cautelosa en vez de destruir a las personas de talento?”
Mstislav Rostropovich
Mientras el pasado viernes los madrileños y asimilados nos preparábamos para el largo puente de mayo, una larga enfermedad se llevaba para siempre a uno de los mejores instrumentistas que hemos conocido: Mstislav Leopoldovich Rostropovich.
Nacido en 1927 en Baku (entonces Unión Soviética, ahora Azerbaiyán), Rostropovich inició su formación musical en el Conservatorio de Moscú, bajo la tutela de profesores como Shostakovich o Prokofiev (que más tarde escribirían obras especialmente para él). Desde sus inicios, Rostropovich destacó fundamentalmente por dos aspectos: el primero, por desarrollar una técnica de violonchelo casi extraterreste (como decía el propio maestro, el instrumento era “su voz”), que le hizo obtener prácticamente todos los grandes galardones existentes para jóvenes músicos rusos de su tiempo; el segundo, por mostrar una firme oposición a los distintos atentados del régimen soviético contra la libertad artística.
Esta oposición alcanzó su culmen en 1970, con la carta abierta que Rostropovich dirigió al diario Pravda (a la que pertenece la cita que abre estas líneas), en defensa del escritor Solzhenitsyn. Dicha misiva le valió, entre otras cosas, el ser designado para la motivadora misión de ofrecer una gira de recitales en diversos pueblos perdidos de Siberia.
Visto lo insostenible de la situación, Rostropovich abandonó su Rusia natal, pensando que nunca volvería. Sí lo hizo, no obstante, tras la caída del muro de Berlín, evento que el músico celebró en el propio lugar interpretando una suite de Bach (foto).
Mstislav Rostropovich
Mientras el pasado viernes los madrileños y asimilados nos preparábamos para el largo puente de mayo, una larga enfermedad se llevaba para siempre a uno de los mejores instrumentistas que hemos conocido: Mstislav Leopoldovich Rostropovich.
Nacido en 1927 en Baku (entonces Unión Soviética, ahora Azerbaiyán), Rostropovich inició su formación musical en el Conservatorio de Moscú, bajo la tutela de profesores como Shostakovich o Prokofiev (que más tarde escribirían obras especialmente para él). Desde sus inicios, Rostropovich destacó fundamentalmente por dos aspectos: el primero, por desarrollar una técnica de violonchelo casi extraterreste (como decía el propio maestro, el instrumento era “su voz”), que le hizo obtener prácticamente todos los grandes galardones existentes para jóvenes músicos rusos de su tiempo; el segundo, por mostrar una firme oposición a los distintos atentados del régimen soviético contra la libertad artística.
Esta oposición alcanzó su culmen en 1970, con la carta abierta que Rostropovich dirigió al diario Pravda (a la que pertenece la cita que abre estas líneas), en defensa del escritor Solzhenitsyn. Dicha misiva le valió, entre otras cosas, el ser designado para la motivadora misión de ofrecer una gira de recitales en diversos pueblos perdidos de Siberia.
Visto lo insostenible de la situación, Rostropovich abandonó su Rusia natal, pensando que nunca volvería. Sí lo hizo, no obstante, tras la caída del muro de Berlín, evento que el músico celebró en el propio lugar interpretando una suite de Bach (foto).
Este año nuestra Reina Sofía ya no podrá celebrar su cumpleaños con el tradicional concierto de su amigo Slava. El sonido de su Stradivarius es parte de la historia. Sin embargo, su pérdida no sólo tiene repercusión musical. En tiempos en los que los artistas se convierten día a día en expertos en política internacional (evitaré hablar del caso español para mitigar el riesgo de envenenamiento si, en un descuido, me muerdo la lengua), seguro que echaremos de menos a alguien que sólo criticó a los políticos para defender algo tan simple y tan complicado como la libertad para crear arte y permitir que los demás lo disfruten. Yo, por lo menos.
martes, 24 de abril de 2007

“Un trono es sólo un banco cubierto de terciopelo”
Napoleón Bonaparte
Se veía venir. Este verano volveremos a contar con la inevitable visita de los Rolling Stones, cuya gira hará escala en Madrid, Barcelona, San Sebastián y El Ejido (aquí tienen una prueba los que no se crean que este último municipio es uno de los que tiene mayor renta per capita de Europa).
En conciertos no aptos para pobres (las entradas tienen un módico precio que oscila entre los 65 y 185 euros), los españolitos tendremos un año más la oportunidad de contemplar en directo a los morritos más famosos de la historia del rock. Eso sí, se equivocaron quienes pensaban que las entradas se agotarían en cuestión de minutos. Aunque el ritmo de venta es bueno, hay serias dudas de que los conciertos se llenen como en otras giras.
¿Cuál puede ser la razón? En mi opinión, es muy sencilla: No se puede vivir de rentas eternamente. ¿Cuántas personas habrán escuchado el álbum “A bigger bang”, que en teoría es el motivo de la gira de los Stones? Seguro que pocas. Y llega un momento en que la gente no está dispuesta a pagar precios de ópera (las comparaciones son odiosas, lo sé) para ver otra vez a Mr. Jagger y compañía contoneándose al ritmo de “Satisfaction”.
Situación bastante triste para un grupo que lo ha sido todo en la historia de la música. Pero cuando ya no se van a cumplir los sesenta y se tienen unas patas de gallo como las de la foto, no puede ir uno por el mundo vestido de novio hippie de la chica de “Cuéntame”, ni subirse a cocoteros para hacer la gracia –o para que sirva como excusa de algo peor. Las únicas opciones son una evolución razonable o una retirada a tiempo (no pondré ejemplos para que no se me vea el plumero).
En resumen, parece que el banco del trono de sus Satánicas Majestades empieza a resquebrajarse. Y no parece que pueda arreglarse simplemente cubriéndolo con terciopelo.
Napoleón Bonaparte
Se veía venir. Este verano volveremos a contar con la inevitable visita de los Rolling Stones, cuya gira hará escala en Madrid, Barcelona, San Sebastián y El Ejido (aquí tienen una prueba los que no se crean que este último municipio es uno de los que tiene mayor renta per capita de Europa).
En conciertos no aptos para pobres (las entradas tienen un módico precio que oscila entre los 65 y 185 euros), los españolitos tendremos un año más la oportunidad de contemplar en directo a los morritos más famosos de la historia del rock. Eso sí, se equivocaron quienes pensaban que las entradas se agotarían en cuestión de minutos. Aunque el ritmo de venta es bueno, hay serias dudas de que los conciertos se llenen como en otras giras.
¿Cuál puede ser la razón? En mi opinión, es muy sencilla: No se puede vivir de rentas eternamente. ¿Cuántas personas habrán escuchado el álbum “A bigger bang”, que en teoría es el motivo de la gira de los Stones? Seguro que pocas. Y llega un momento en que la gente no está dispuesta a pagar precios de ópera (las comparaciones son odiosas, lo sé) para ver otra vez a Mr. Jagger y compañía contoneándose al ritmo de “Satisfaction”.
Situación bastante triste para un grupo que lo ha sido todo en la historia de la música. Pero cuando ya no se van a cumplir los sesenta y se tienen unas patas de gallo como las de la foto, no puede ir uno por el mundo vestido de novio hippie de la chica de “Cuéntame”, ni subirse a cocoteros para hacer la gracia –o para que sirva como excusa de algo peor. Las únicas opciones son una evolución razonable o una retirada a tiempo (no pondré ejemplos para que no se me vea el plumero).
En resumen, parece que el banco del trono de sus Satánicas Majestades empieza a resquebrajarse. Y no parece que pueda arreglarse simplemente cubriéndolo con terciopelo.
martes, 17 de abril de 2007

“Las tardecitas de Buenos Aires tienen ese qué sé yo, ¿viste?”
Horacio Ferrer
Mucho de Buenos Aires es música. Empezando por el inconfundible tono de voz de sus habitantes, la musicalidad está presente de manera constante. A veces en forma esperada (calles, restaurantes, bares) y a veces no tan esperada (como por ejemplo en el fútbol; cualquier visitante novato que acuda a la platea de la Bombonera se verá inevitablemente “arrastrado” a cantar canciones que pocas horas antes desconocía totalmente...).
Ahora bien, si hay un estilo musical que represente a la ciudad porteña, ése es el tango. Originado en la segunda mitad del siglo XIX a orillas del Río de la Plata, como parte de un proceso de mestizaje sin parangón en la historia contemporánea, el tango incorpora desde componentes africanos hasta instrumentos europeos (bandoneón), rezumando sensualidad en todo momento. Siendo como es una de las mayores atracciones turísticas de Buenos Aires, el tango mantiene su capacidad evolutiva y de incorporación de nuevos elementos musicales, lo que, en mi opinión, le permite conservar su frescura y resistir el desgaste turístico.
Hace muy poco tuve la oportunidad de asistir a La Esquina de Homero Manzi, uno de los locales tangueros bonaerenses más conocidos, que pese a su fama aún conserva cierto sabor tradicional. Allí pude apreciar el buen hacer de los bailarines, que siempre manteniendo caras serias (el tango es triste por definición) flotaban literalmente sobre el escenario. Sin embargo, curiosamente, no fue eso lo que más me impresionó. Pese a la espectacularidad del baile, no pude dejar de fijarme en la clásica banda de tango (piano, contrabajo, bandoneón y violín) que acompañaba a los danzantes. Aunando veteranía, juventud y una excepcional técnica (sus credenciales me hicieron comprender mejor este punto), los músicos hicieron suyo el repertorio de grandes clásicos como Troilo o Piazzolla, mostrando unos niveles de virtuosismo y compenetración difíciles de superar.
El viajero “gashego” que visite por primera vez Buenos Aires descubrirá algunas creaciones argentinas sorprendentes -como Super Hijitus o Petete, por ejemplo-, pero no debe dejar de disfrutar las clásicas, como el tango. Sin duda, un espectáculo digno de ver. Y, por supuesto, de escuchar.
Horacio Ferrer
Mucho de Buenos Aires es música. Empezando por el inconfundible tono de voz de sus habitantes, la musicalidad está presente de manera constante. A veces en forma esperada (calles, restaurantes, bares) y a veces no tan esperada (como por ejemplo en el fútbol; cualquier visitante novato que acuda a la platea de la Bombonera se verá inevitablemente “arrastrado” a cantar canciones que pocas horas antes desconocía totalmente...).
Ahora bien, si hay un estilo musical que represente a la ciudad porteña, ése es el tango. Originado en la segunda mitad del siglo XIX a orillas del Río de la Plata, como parte de un proceso de mestizaje sin parangón en la historia contemporánea, el tango incorpora desde componentes africanos hasta instrumentos europeos (bandoneón), rezumando sensualidad en todo momento. Siendo como es una de las mayores atracciones turísticas de Buenos Aires, el tango mantiene su capacidad evolutiva y de incorporación de nuevos elementos musicales, lo que, en mi opinión, le permite conservar su frescura y resistir el desgaste turístico.
Hace muy poco tuve la oportunidad de asistir a La Esquina de Homero Manzi, uno de los locales tangueros bonaerenses más conocidos, que pese a su fama aún conserva cierto sabor tradicional. Allí pude apreciar el buen hacer de los bailarines, que siempre manteniendo caras serias (el tango es triste por definición) flotaban literalmente sobre el escenario. Sin embargo, curiosamente, no fue eso lo que más me impresionó. Pese a la espectacularidad del baile, no pude dejar de fijarme en la clásica banda de tango (piano, contrabajo, bandoneón y violín) que acompañaba a los danzantes. Aunando veteranía, juventud y una excepcional técnica (sus credenciales me hicieron comprender mejor este punto), los músicos hicieron suyo el repertorio de grandes clásicos como Troilo o Piazzolla, mostrando unos niveles de virtuosismo y compenetración difíciles de superar.
El viajero “gashego” que visite por primera vez Buenos Aires descubrirá algunas creaciones argentinas sorprendentes -como Super Hijitus o Petete, por ejemplo-, pero no debe dejar de disfrutar las clásicas, como el tango. Sin duda, un espectáculo digno de ver. Y, por supuesto, de escuchar.
martes, 10 de abril de 2007

Ya estoy de vuelta, aunque entre aviones, escalas y jet lag (existe, creedme) no he tenido tiempo de escribir nada.... eso sí, tengo el cajón lleno de ideas para próximos martes.
Mientras pongo mis notas en orden, un rápido recuerdo a la tradicional Semana Santa ferrolana y, por supuesto, a su música. Este ha sido el primer año de mi vida en el que he no se me ha visto en el pino de Amboage, cantando la ya clásica:
"Hoy he vuelto, Madre, a recordar / cuantas cosas dije ante tu altar / y al rezarte puedo comprender / que una madre no se cansa de esperar..."
En la foto, detalle de la imagen de la Santísima Virgen de la Piedad.
martes, 27 de marzo de 2007

“There are times when I’ve been feeling something and played a solo that I’ve never been able to repeat”
Brian May
Hace pocos días, un gran guitarrista y mejor amigo me decía: “si te fijas, todos los solos de fulanito se pueden cantar”... Hoy el Pulpo se fija en algunos grandes solos de guitarra, haciendo antes de nada una distinción técnica, sin ánimo de ser recalcitrante: no debe confundirse un solo con un riff de guitarra. El riff es el equivalente moderno al término clásico ostinato, es decir, aquellas partes instrumentales melódicas que habitualmente se repiten en distintos momentos de la canción, formando parte de su “esqueleto” (dos buenos ejemplos son las melodías iniciales de “Smoke on the water” o “Money for nothing”); por el contrario, el solo es una parte de la canción que puede tener que ver o no con la melodía principal, pero que está concebida como independiente. Es ahí donde interviene el virtuosismo y la genialidad individual del guitarrista. La calidad de un solo no se mide por el número de notas pulsadas por segundo, sino por la capacidad del guitarrista de crear una nueva melodía que complemente y enriquezca el resto del tema. Quizá por eso, un solo que “se pueda cantar” es casi sinónimo de un gran solo. A continuación se muestran algunos ejemplos:
1. Highway star (Ritchie Blackmore, Deep Purple): Sencillamente memorable. El maestro Blackmore (en la foto) poniéndonos los pelos como “ejkarpias” con este solo que rebosa energía y feeling en cada milisegundo. Especialmente recomendable es la versión en directo del “Made in Japan” (EMI, 1972).
2. Sultans of swing (Mark Knopfler, Dire Straits): Poco más podemos decir de uno de los solos más aclamados de la historia del pop-rock. Prestidigitación e ilusionismo sin púa.
3. Moonlight shadow (Mike Oldfield): Personalmente, uno de mis favoritos. Mr. Oldfield demuestra que los solos de guitarra no son patrimonio exclusivo del hard rock. Brillante de principio a fin.
4. I want to break free (Brian May, Queen): Este es el “fulanito” del que hablaba mi amigo, con lo que sobran los comentarios.
5. Sweet child o’ mine (Slash, Guns’n’Roses): La época dorada de G’N’R nos regaló este tema en el que un extraordinario riff convive con un no menos genial solo. De esos solos largos que no se hacen largos, especialmente al estar tan bien acompañado por el crescendo del resto de la banda.
6. ‘Til there was you (George Harrison, The Beatles): Crear un buen solo nunca es fácil. Ahora bien, si dicho solo es para una canción cuya melodía es de las mejores que se han escrito jamás, la cosa se complica sobremanera. Pues aquí tenemos a Harrison resolviendo la papeleta sin despeinarse el flequillo.
En el terreno local-sentimental, no puedo dejar de recordar un solo con el que he crecido: la gran combinación guitarra-steel guitar de Andrés Pita y Álvaro Lamas en “Te voy siguiendo”, de Los Limones...
El próximo martes volveré a estar de viaje (esta vez por vacaciones), así que nos vemos después de Semana Santa. Un abrazo, amigos.
Brian May
Hace pocos días, un gran guitarrista y mejor amigo me decía: “si te fijas, todos los solos de fulanito se pueden cantar”... Hoy el Pulpo se fija en algunos grandes solos de guitarra, haciendo antes de nada una distinción técnica, sin ánimo de ser recalcitrante: no debe confundirse un solo con un riff de guitarra. El riff es el equivalente moderno al término clásico ostinato, es decir, aquellas partes instrumentales melódicas que habitualmente se repiten en distintos momentos de la canción, formando parte de su “esqueleto” (dos buenos ejemplos son las melodías iniciales de “Smoke on the water” o “Money for nothing”); por el contrario, el solo es una parte de la canción que puede tener que ver o no con la melodía principal, pero que está concebida como independiente. Es ahí donde interviene el virtuosismo y la genialidad individual del guitarrista. La calidad de un solo no se mide por el número de notas pulsadas por segundo, sino por la capacidad del guitarrista de crear una nueva melodía que complemente y enriquezca el resto del tema. Quizá por eso, un solo que “se pueda cantar” es casi sinónimo de un gran solo. A continuación se muestran algunos ejemplos:
1. Highway star (Ritchie Blackmore, Deep Purple): Sencillamente memorable. El maestro Blackmore (en la foto) poniéndonos los pelos como “ejkarpias” con este solo que rebosa energía y feeling en cada milisegundo. Especialmente recomendable es la versión en directo del “Made in Japan” (EMI, 1972).
2. Sultans of swing (Mark Knopfler, Dire Straits): Poco más podemos decir de uno de los solos más aclamados de la historia del pop-rock. Prestidigitación e ilusionismo sin púa.
3. Moonlight shadow (Mike Oldfield): Personalmente, uno de mis favoritos. Mr. Oldfield demuestra que los solos de guitarra no son patrimonio exclusivo del hard rock. Brillante de principio a fin.
4. I want to break free (Brian May, Queen): Este es el “fulanito” del que hablaba mi amigo, con lo que sobran los comentarios.
5. Sweet child o’ mine (Slash, Guns’n’Roses): La época dorada de G’N’R nos regaló este tema en el que un extraordinario riff convive con un no menos genial solo. De esos solos largos que no se hacen largos, especialmente al estar tan bien acompañado por el crescendo del resto de la banda.
6. ‘Til there was you (George Harrison, The Beatles): Crear un buen solo nunca es fácil. Ahora bien, si dicho solo es para una canción cuya melodía es de las mejores que se han escrito jamás, la cosa se complica sobremanera. Pues aquí tenemos a Harrison resolviendo la papeleta sin despeinarse el flequillo.
En el terreno local-sentimental, no puedo dejar de recordar un solo con el que he crecido: la gran combinación guitarra-steel guitar de Andrés Pita y Álvaro Lamas en “Te voy siguiendo”, de Los Limones...
El próximo martes volveré a estar de viaje (esta vez por vacaciones), así que nos vemos después de Semana Santa. Un abrazo, amigos.
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